Aprendiendo a Apreciarte a Ti Mismo

“Me había quedado completamente solo, en una absoluta comunión conmigo mismo. Esperaba ansiosamente poder escaparme.”

Por Dr. Abraham Twerski

Estaba en una tienda y una mujer caminaba por el pasillo hacia mí, cargando unas cajas vacías. Se tropezó con todos y con todo mientras hacía su camino por el pasillo, y después se quedó atorada entre las cajas y un estante. Con un suspiro dijo: “Parece que estoy estorbando mi propio camino”.

Uno de los obstáculos que tienen las personas en el camino hacia la espiritualidad es el no querer reflexionar en forma consciente acerca de sí mismos. La razón de esto, se hizo presente en mí cuando fui a unas termas para atender mi dolor crónico del nervio ciático. Quería evitar medicamentos potentes ya que soy consciente del alto índice de adicción. Cuando mi puesto como director de un hospital mental de psiquiatría me llevó hasta el punto de explotar – decidí “escaparme de todo”, e ir a la paz y el silencio de unas termas de aguas minerales.

El primer día en las termas, me pusieron en un jacuzzi, en un cubículo pequeño. Era el paraíso. Me relaje en el agua caliente, cuyo movimiento gentilmente relajaba todo mi cuerpo. Estaba en paz y no había nada que pudiera molestar esa paz. Después de cinco o seis minutos de regocijo, salí del jacuzzi diciéndole al que atendía, lo relajante que había sido la experiencia. Para mi sorpresa él dijo: “No puede salir todavía señor. El tratamiento requiere un tiempo de 25 minutos”.

Regrese a la tina, pero no a una experiencia tan regocijante. Cada minuto duraba una dolorosa eternidad y después de cinco minutos ya no pude aguantarlo más. En mi segundo éxodo, se me fue dicho que debía completar el requisito de los 25 minutos, para continuar con la siguiente fase del tratamiento. Sin desear gastar dinero en vano, regresé por otros 15 minutos de tortura absoluta.

Luego reflexioné sobre lo que había sido un rudo despertar. Estaba seguro de que mi malestar se debía a las grandes presiones de mi profesión: una sala de emergencia saturada, el recibir casos a todas horas. Un gran hospital psiquiátrico de 300 camas por el cual yo era responsable, sirviendo como reemplazante para los 300 pacientes si el psiquiatra personal de cada paciente no estaba disponible. Llamadas frecuentes de familiares, de la policía, abogados, oficiales de gobierno y agencias sociales. Ahora había sido liberado de esas presiones y sin embargo encontraba intolerable otros cinco minutos de paz. ¿Por qué?

Después de un poco de análisis personal, la respuesta se hizo evidente. Somos adeptos a la diversión, a distraernos de una forma u otra, pero muchos de nosotros somos incapaces de realmente relajarnos. Nos entretenemos leyendo, viendo la televisión, jugando golf o cartas, platicando con alguien, escuchando música o muchas otras actividades. Pero estar entretenido es estar desconectado y para eso están estas actividades, para la diversión. Al enfocar nuestra atención en esas actividades, alejamos nuestra atención de todo, incluyéndonos a nosotros mismos. Cuando todas las diversiones son eliminadas, nos quedamos solos con nosotros mismos, forzados a un contacto directo con nuestras personalidades y las carencias de nuestra personalidad que nos molestan, y aquí es donde reside la dificultad.

Me di cuenta de que el haber quedado solo en el jacuzzi, sin nadie con quien hablar, nada que escuchar, nada que leer, nada que ver, nada que hacer – completamente solo, en absoluta comunión conmigo mismo – era una experiencia parecida a la de quedarse solo en un cuarto con alguien que no nos cae bien, y esperamos ansiosamente poder escaparnos de allí.

Este darme cuenta, despertó la pregunta: ¿Qué había sobre mí mismo que no me gustaba? ¿Por qué no toleraba estar en mi propia presencia?

(…)

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