La educación Judía

Educación judía
Educación judía
Rav SacksCartas para la próxima generación – Carta 4

Por: Rav Lord Jonathan Sacks. Todos los derechos reservados ©

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SARA, DAVID, envíen a sus hijos a escuelas Judías, que son el orgullo de nuestra comunidad y nuestra mejor inversión en el futuro Judío. Una generación atrás, las escuelas Judías eran consi­deradas como la segunda mejor opción. Era adonde se enviaba a los niños que no habían sido aceptados en otro lugar. En cambio, hoy en día, muchos las consideran como su primera opción y esto es un tributo a su excelencia.

Pero son más que eso. Para los Judíos, la educación no es so­lamente qué sabemos sino quiénes somos.


Ningún otro pueblo se ha preocupado más por la educación que el Pueblo Judío. Nuestros antepasados fueron los primeros en hacer la educación como un mandamiento de la religión y los primeros en establecer un sistema universal de educación obligatoria – dieciocho siglos antes que el Reino Unido. Los rabinos valoraban el estudio incluso como algo superior a la oración. Casi 2.000 atrás, Josephus escribió: “Si a al­guien de nuestra nación le preguntaran acerca de nuestras leyes, este las repetirá con la misma certeza con que pronuncia su nombre. El resultado de educar exhaustivamente en nuestras leyes desde el des­pertar de la inteligencia es que nos quedan grabadas, por así decirlo, en nuestras almas.”

Los egipcios construyeron pirámides, los griegos constru­yeron templos, los romanos construyeron anfiteatros y los Judíos construyeron escuelas. Sabían que para defender un país se necesita un ejército, pero para defender una civilización se necesita educa­ción. Por eso los Judíos se convirtieron en el pueblo cuyos héroes fueron los maestros, cuyas fortalezas fueron las escuelas, y cuya pasión fue el estudio y la vida de la mente. ¿Cómo vamos a privar a nuestros hijos de tal herencia?

¿Es posible formarse sin saber acerca de Shakespeare, Mozart o Miguel Ángel, o sin aprender los principios básicos de la física, la economía y la política? ¿Se puede ser un Judío formado sin familia­rizarse al menos con el Tanaj y el Talmud, los comentarios clásicos de la Torá, la poesía de Yehuda Halevi, la filosofía de Maimónides y la historia del Pueblo Judío? Los Judíos de Europa del Este decían:

“Ser un apicoires (hereje) es entendible, pero ser un am ha’aretz (ig­norante) es imperdonable”.


Mis hijos, espero que les hayamos enseñado lo suficiente para que sepan que la obligación principal de un padre Judío es asegurarse de que sus hijos reciban educación Judía. Durante casi un siglo este sistema de valores fue un desorden porque la vida Judía era un desor­den. Los Judíos huían de la persecución, primero de Europa del Este, luego de Europa Occidental y más tarde de los territorios árabes. Se concentraron en reconstruir sus vidas y asegurarse de que sus hijos se integraran con el resto de la sociedad. La educación Judía fue una víc­tima de esos tiempos. Pero ya no; ahora comenzamos a recuperar algo de la tradición. No obstante, el nivel sigue siendo demasiado bajo.

El mundo está cambiando cada vez más rápido. Hoy, una sola generación ve más avances científicos y tecnológicos que en todos los siglos anteriores desde que el hombre existe en la tierra. En un territorio inexplorado se necesita una brújula, y eso es el Judaísmo. Fue lo que guió a nuestros antepasados a través de los buenos y ma­los momentos que atravesaron; les dio una identidad, seguridad y un sentido de dirección; les permitió soportar las circunstancias más diversas que cualquier otro pueblo haya experimentado. Más de una vez, los elevó a las alturas de la grandeza. ¿Por qué? Porque el Judaís­mo se trata de aprender; la educación vale mucho más a la larga que la riqueza, el poder y los privilegios. Los que saben, crecen.

suscribete“Todos los niños deben ser enseñados acerca del Señor”, dijo Isaías, “y grande será la paz de vuestros hijos”. Brinden a vuestros hijos una educación Judía amplia y profunda y les estarán dando la paz de saber quiénes son y por qué.

Hay solo dos cosas aún más poderosas. En primer lugar, practi­quen en vuestros hogares lo que vuestros hijos aprenden en la escue­la. Ellos necesitan ver consistencia, de lo contrario, se confunden y, eventualmente se rebelan.

En segundo lugar, permítanles a vuestros hijos que sean sus maestros. En la mesa del Shabat, permítanles compartir con ustedes lo que aprendieron en la escuela durante la semana, les asombrará el orgullo que sienten porque les han dado a ellos la posibilidad de darles algo a ustedes.

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