Jaye Sara: La desición es de ellos

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Parashat Jaye Sara, por el Rabino Ilan Rubinstein

“Y le contó el siervo a Itzjak todo lo que había hecho. Y trajo Itzjak a Rivká a la tienda de Sara su madre, y la tomó como esposa, la amó y encontró consuelo después (de la muerte) de su madre” (Bereshit 24:66,67).

Luego de la muerte de Sara, Abraham tiene un pendiente: encontrar una buena esposa para su hijo Itzjak. Él continuaría con su obra faraónica de hacer conocer a D-os en el mundo.

Abraham encomienda a su siervo Eliézer que vaya a Jarán, de donde provenía Abraham, y que traiga de allí una esposa para su hijo Itzjak.

Eliézer regresa con la candidata, con Rivká. En la entrada de la propiedad de Abraham, Itzjak los encuentra, Eliézer le relata todo lo acontecido e Itzjak la toma a Rivká como esposa.

Cabe preguntarse, ¿Acaso no debería haber ido primero con su padre Abraham para ver si era ella la mujer indicada?

Explican los sabios en el Midrash (Bereshit Rabá 60:15) que EliJaye Sara: La dedición finalézer le contó todos los milagros que le habían sucedido en Jarán y por lo tanto Itzjak pensó para sí, si mi papá le pidió a Eliézer que trajera una mujer de allí, y él trae a una mujer como ésta y además es mi prima, definitivamente mi papá va a estar de acuerdo.

Pero todavía hay algo no menos importante.

Dos jóvenes viajaban en el tren camino a la ciudad de Cracovia, donde les iban a presentar a dos muchachas. Uno de los muchachos se arrepiente a medio camino, se baja del tren y se regresa a la Yeshivá.

Cuando el segundo llega aCracovia, las dos futuras suegras están esperando a los candidatos, pero para su sorpresa sólo hay uno.

Ambas mujeres entran en una aireada discusión.

–Es para mi hija –dice una.

–De ninguna manera, yo lo vi primero, es para la mía.

Y entre peleas deciden ir con el Rab de la ciudad para que determine a quién corresponde presentar al apuesto joven.

El Rab reúne a las “suegras” y al muchacho y, en salomónico fallo, dictamina:

–Dado que no se puede saber quién es la verdadera suegra, que partan al muchacho en dos y se lleve la mitad cada una.

–¡Está bien, que lo partan! –dice la primera.

–¡No! –Dice la segunda– Antes de que lo maten, prefiero que se lo lleve ella.

–Ya quedó claro –dice el Rab– el joven le corresponde a la que aceptaba partirlo. ¡Esa es la verdadera suegra!

Quien se va a casar tiene que estar de acuerdo con la pareja que le proponen (y también con la suegra) y por este motivo era lógico que la última palabra la tuviera Itzjak y no Abraham. De nada hubiera servido traer a la mejor esposa y que tuviera la aprobación de los padres cuando el candidato no estuviera de acuerdo. No hay esposa o esposo, suegra o suegro hasta que los mismos jóvenes den su consentimiento.

Los padres pueden orientar a sus hijos para que elijan alguien apropiado, pero la decisión final debe estar en la pareja.

Hoy en día, la sociedad moderna exagera en esta libertad y muchas veces, justamente los jóvenes, por principio, se oponen a que los padres ni siquiera les insinúen con quién salir, quizá esta anécdota nos muestre una cara distinta.

El Rab Dr. Abraham Twerski cuenta que su papá, el Rebe de Hornosteipel, se casó con una joven que no conocía por recomendación de su madre. Cuando le preguntaron cómo había hecho algo así, contestó: “No me cabe duda que si mi madre dice que esa mujer es buena para mí como esposa, entonces así es”.

Esta es una excepción, ni nosotros somos el Rebe de Hornosteipel, ni nuestros padres su madre, pero no se debe rechazar el consejo que generalmente con afecto y experiencia dan los padres, sin embargo la decisión final será de los jóvenes.

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