Ki Tavo: Entre el campo y la ciudad

Para la mesa de Shabat.

Parashat Ki Tavo, Rabino Ilan Rubinstein

“Bendito seas en la cuidad, bendito seas en el campo” (Devarim 28:3).

El pueblo de Israel está próximo a entrar a la tierra prometida y Moshé, en uno de sus últimos discursos, advierte al pueblo de su futuro. Las bendiciones de las que serán acreedores cuando se comporten ejemplarmente y lo contrario en caso de degenerarse.

El versículo antes mencionado, literalmente, nos habla que D-os mandará bendición tanto en nuestros trabajos en la ciudad si tenemos un negocio o en el campo si somos agricultores o ganaderos.

Sin embargo el Jatam Sofer da una explicación alegórica haciendo referencia a la bendición, no en el aspecto material sino en el aspecto humano.

El señor Jacobsohn le dice al Rabino: –¡Qué triste, Rabino! Una pobre viuda, con 4 niños, sin trabajo, debe mucho dinero de alquiler, que si no paga antes del día 30, será implacable y cruelmente echada a la calle.

–¡Terrible! –dice el Rabino– Hay que hacer rápidamente una colecta para auxiliar a esta mujer que cayó en desgracia. Yo mismo le doy ya mil pesos, para ayudar en algo.

 –Gracias Rabino.

–Usted es un gran hombre, señor Jacobsohn. Pero ¿Es usted familia de la señora

 –No, en absoluto. –

¿Qué le hizo interesarse en esta noble causa?

–Yo soy el dueño de la casa.

 Explica el Jatam Sofer que vivir en la ciudad tiene sus pros y sus contras, tiene la ventaja de estar rodeado de gente, poder apoyarse en ellos cuando es necesario, vivir en comunidad con todos los servicios que ello implica; pero por otro lado está el riesgo de poder caer en desviaciones, causar daño al prójimo, robarle, engañarlo, ser insensible a sus necesidades, etc.

A su vez en el campo es casi imposible el engaño y la insensibilidad con el prójimo, ya que se vive lejos de la civilización, se está prácticamente solo, pero tampoco se puede recibir los beneficios de vivir en la sociedad ni hacer actos de caridad y solidaridad con el prójimo

 D-os nos bendice diciéndonos, que independientemente de dónde nos encontremos, tengamos las virtudes de los hombres del campo y las virtudes de los hombres de la ciudad. Que vivamos como en el campo como si no tuviéramos la posibilidad de hacer nada malo al prójimo. Y como en la ciudad, que podamos ayudar a quienes nos rodean: evitando las injusticias y haciendo actos de caridad como dijo el profeta: “De tu carne (familiar) no te desentenderás” (Yeshayahu 58,7). Si se cumplieran en todos estas bendiciones, el mundo sería muy distinto.

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