Vayekel- Pekudey: Tal como Dios manda

Talit
Talit

Por el Rabino Ilan Rubinstein

“Y vio Moshé toda la obra, verificando que había sido hecha como había ordenado el Eterno, y los bendijo” (Shemot 39:42).

En esta parashá se termina de construir el Tabernáculo y el libro de Shemot se cierra con un final feliz. La Presencia Divina se posa en el Tabernáculo dando a entender que D-os perdonó  al pueblo de Israel por el grave error del Becerro de Oro y ahora está dispuesto a acompañarlos en su travesía por el desierto, otorgándoles también su protección.

Moshé, al ver finalizada la obra tal cual lo había establecido D-os, bendice al pueblo y les dice: “Quiera D-os hacer residir su presencia Divina en la obra de vuestras manos”.

 Si bien es este un momento muy emotivo, la bendición de Moshé parece estar de más. Si el pueblo hubiera hecho algo extraordinario, más allá de lo que D-os pidió se hubiera justificado una bendición, pero al fin y al cabo no hicieron más que lo que les habían ordenado, ¿acaso estas acciones ameritan una bendición?

Comparándolo con una empresa moderna, ¿si sus empleados generan la producción esperada es motivo para darles un incentivo económico? ¿No sería más lógico que se los premie cuando produzcan más allá de lo esperado?

El Rab Moshé Iserles fue nombrado Rabino principal de Cracovia. El primer Shabat como Rabino del lugar se vio sorprendido por la actitud del Gabay  que se paró antes de finalizar el rezo, sacó una lista y comenzó a felicitar:

–Felicitamos a la señora Waismandel ya que el lunes asistió a la Mikve, también felicitamos a la señora Green que asistió el martes a la Mikve…–iba leyendo el Gabay ceremonialmente. Los nombres se sucedieron uno tras otro y el silencio reinaba en la sinagoga.

Cuando terminó el rezo, el Rabino se acercó al Gabay y lo reprendió: –De hoy en adelante queda terminantemente prohibido leer esa lista, es una falta absoluta de recato mencionar cuando una mujer fue a la Mikve, ¿por qué se tiene que enterar todo el mundo cuando estas mujeres conviven con sus maridos?

–Es que desde hace muchos años esa es nuestra costumbre

–contestó el Gabay

–Bueno, entonces es una costumbre equivocada y debes anularla

–dijo firmemente.

Pasaron unos cuantos Shabatot y no se volvió a mencionar ninguna lista. Al cabo de un mes vino la Balanit (mujer encargada de la Mikve)  a hablar con el Rabino, se notaba preocupada.

–Hacemuchos años que soy la balanit y estoy preocupada porque en las últimas semanas se ha dado una coincidencia asombrosa, muchas mujeres que, según mis cálculos, debían venir a la Mikve, no han asistido.

El Rab pensó por un momento, luego se tomó la cabeza y dijo:

–Ahora entiendo…, está claro, ¿cómo no me di cuenta?… Le voy a explicar –dijo el Rabino y tomando su barba continuó– Yo soy el causal de esto. Esta costumbre de leer los nombres de las mujeres que habían ido a la Mikve era justamente para que las mujeres no dejaran de asistir, ¿quién iba a permitir quedar expuesta si no era mencionada? Ahora entiendo la sabiduría del Rabino anterior que impuso esta costumbre.

Desde ese viernes se renovó la antigua costumbre.

Por naturaleza el ego nos invita a ser críticos con todo, generalmente más hacia fuera que hacia adentro. A través del ego distorsionamos la realidad, nos hace creer que nuestra apreciación de las cosas es la única correcta. Todo lo que no sea fruto de nuestra intervención nunca estará completo.  Ante cualquier desafío que se nos presente creeremos que nadie pudiera haber aportado una solución tan brillante como la nuestra.

En la construcción del Tabernáculo se corría el mismo riesgo: Que el ego de los artesanos cambiara deliberadamente el proyecto de D-os por uno más “apropiado”, esos “detalles” que ni D-os pudiera haber hecho mejor.

La Torá testimonia que los artesanos hicieron exactamente lo que D-os había pedido, anularon su ego para consagrarse al trabajo de la manera exacta que debía ser hecho. Cuando más los tentaba el ego para poner su propio sello en el Tabernáculo, hicieron únicamente la voluntad de D-os.

El Tabernáculo testimonió posteriormente esta humildad absoluta a la que llegaron los artesanos. Como mencionábamos arriba, Moshé, al ver la obra fiel al pedido de D-os, los bendijo: “Quiera D-os hacer residir su Presencia Divina en la obra de vuestras manos”. Su apreciación le indicaba que esto era lo que D-os verdaderamente había pedido. D-os, haciendo posar su Presencia Divina en el Tabernáculo, confirmaría la intuición de Moshé. Y la Presencia Divina se posó en el Tabernáculo.

Este concepto es aplicable también al resto de los preceptos de la Torá. También en ellos pudiera tentarnos el ego a cambiar o “mejorar” la mitzvá, poner nuestro toque personal. La mayor alabanza para los mortales es tener la humildad de admitir que la mitzvá tal cual se dio es lo mejor y que su cumplimiento estricto es el beneficio mayor. Parafraseando al famoso dicho: ¿A Hérdez le vas a enseñar a hacer chiles? Pudiéramos decir: ¿A D-os le vamos a enseñar que es lo mejor para sus hijos? Adelante, cierra tus ojos y recorre tranquilo el camino del judaísmo, con el toque personal de… D-os.

Image by Mnavov license CC BY 3.0

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