Tikun Olam, reparar el mundo

Por Dr. Yitzhak Calafi

Las religiones orientales han dirigido sus esfuerzos en la realización mística del individuo, la introspección y búsqueda del sujeto profundo. Se caracterizan por una concepción de lo divino como fundamento de lo interior, infinito e impersonal del hombre y del mundo. Dan un valor absoluto a la experiencia interior de unión con la/s divinidad/es. Conceptúan al hombre y la naturaleza como manifestaciones y epifanías de lo divino.

La finalidad mística es el reconocimiento que se tiene de sí mismo, otorgando preeminencia al “ser”, sobre el ético “debe ser”. Relegan la ética o moral a un medio preparatorio para la experiencia mística de unidad con lo divino, en la que la ética es un elemento que precede a la experiencia mística. No valorándola por si misma, considerándola superior a la experiencia ética. Lo que ha llevado a lo largo de los siglos un alejamiento de la justicia social, del mejoramiento y bienestar de la sociedad. Las religiones místicas no conceden significado alguno a la historia como tal.

En el Antiguo Egipto la religión cohesionaba la sociedad y justificaba el statu quo preeminente del divinizado faraón, de la casa real y la casta sacerdotal con el fin de mantener unificado políticamente el imperio u los privilegios de las élites. El faraón (dios encarnado) tenía como misión mantener el Maat, el orden cósmico, y garantizar el “eterno retorno” de lo que fue y será, al Sep Tepy –el tiempo primordial en el que el cosmos y el mundo real fue creado-, lo que dotaba de sentido a la vida del egipcio.

El tiempo y la historia eran concebidos como un ciclo repetitivo en el que cada ser humano tenía que desempeñar correctamente su rol, ya que lo que él hace ya se hizo anteriormente. El faraón era el intermediario entre el panteón de los dioses y los hombres, cuyo poder era cósmico y político, gobernante divino y militar, y él era el único que mantenía la armonía cósmica, y al que se le consideraba que tenía la capacidad de dominar y promover los fenómenos naturales. Cada individuo en Egipto tenía que cumplir el rol al que estaba predestinado ya antes de nacer. El poder absoluto del faraón era aceptado muy gratamente por los habitantes del Antiguo Egipto, lo que explica que nunca hubiera revueltas populares. [1]

En la cosmovisión politeísta de la Antigua Grecia los dioses no residían externamente al mundo, ellos no habían creado el universo ni a los hombres, pero si se habían creado a sí mismos y eran parte del Universo, no habían existido siempre. No eran eternos, sólo inmortales y estaban sometidos inexorablemente al Destino e intervenían constantemente en los asuntos humanos. Nacidos unos de los otros, los dioses formaban una familia, una sociedad, fuertemente jerarquizada a semejanza de la sociedad helena.

Las obligaciones de los individuos concernían en el respeto a la tradición ancestral, participar en los cultos de la ciudad, ofrendar en los santuarios a los dioses, mostrar devoción hacia la muerte de los parientes y las divinidades protectoras de la familia, la base de la piedad era mostrar generosidad para permitir que los rituales se desarrollaran en las mejores condiciones.

El darwinismo social reinante en la sociedad helena era totalmente aceptado y justificado religiosamente basándose en la jerarquía de dioses y diosas del panteón heleno. Los dioses protegían a los más fuertes y nobles. Los débiles lo eran porque sus dioses les habían abandonado o eran divinidades más débiles que las de los poderosos. Se consideraba impío todo lo contrario a la tradición en materia de religión, toda innovación: la introducción en la ciudad de dioses que no eran oficialmente aceptados, así como las concepciones que ponían en entredicho las creencias tradicionales, la modificación de ritos ancestrales. El judaísmo fue considerado por los griegos como impío por no aceptar el politeísmo. El mundo humano era un reflejo del mundo de los dioses, por lo que era impensable e innecesario querer mejorarlo.

Para los antiguos romanos la religión era ante todo el temor a lo sobrenatural. En Roma, la religión tenía dos vertientes: una pública, el culto estatal, y otra privada, el culto a los dioses del hogar. Como en Grecia, la religión no era un asunto de religiosidad personal. Tenía un carácter contractual: se honraba a los dioses a cambio de su protección. El panteón romano fue influido por el griego y el etrusco. Los dioses eran prácticamente los mismos que aquellos, pero con diferentes nombres.

El culto a los muertos llevó a deificar a los reyes y a los emperadores. La religión romana, como la griega, no involucraba la asunción de una moral ni un corpus ético-social que implicase un programa de vida social, sino únicamente la asistencia en los ritos. El hombre religioso romano era el que participaba en las ceremonias (no el creyente). En Roma se asentaron todas las religiones del Imperio, ya que estas no modificaban las creencias individuales, pues todas permitían participar en sus celebraciones.

Es con el judaísmo que el corpus doctrinal exigirá como conditio sine qua non una eticidad trascendental en el comportamiento social del individuo: …Y amarás al Eterno tu D-s con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. [Devarim 6:5] …Amarás a tu prójimo como a ti mismo. (Lo ordeno), Yo, el Eterno. [Vayikrá 19:18]. La ética judía no se estructurará en convenio social alguno, sino se sustentará en leyes trascendentes y eternas que emanan de D-s (las mitzvot), de obligado cumplimiento para el ser humano en su interrelación con la colectividad. El ser humano será responsable de subsanar el mundo y mejorarlo.

Tikun Olam es el concepto del judaísmo que significa “reparar el mundo”. Lo que sugiere la responsabilidad compartida de la humanidad para curar, reparar y transformar el mundo. La expresión Tikun Olam ya se utiliza en la Mishná en el siglo III de la EC en la frase Mip’nei Tikun ha-olam (Por el bien de tikun del mundo) para indicar que una práctica debería ser seguida no porque es exigida por la ley bíblica, sino porque ayuda a evitar la falta de armonía social. [2]

La frase Tikun Olam está incluida en el Aleinu, plegaria y alabanza, escrita por Yehoshúa, sucesor de Moshé, con la que concluimos cada una de las tres tefilot diarias. לְתַקֵּן עוֹלָם בְּמַלְכוּת שַׁדַּי (Letakén olam bemaljut Sha-dai, “perfeccionar el mundo bajo la soberanía del Todopoderoso”). El Aleinu indica que le corresponde al Pueblo Judío alabar a D-s y enuncia la esperanza de que algún día el mundo entero abandone la idolatría, reconozca al Eterno, acepte Su soberanía y reine sobre toda la humanidad. Cuando todos los seres humanos abandonen los falsos dioses e ideologías y reconozcan al Eterno, el D-s de Abraham, de Yitzhak y Yaacob, el D-s de Moisés, el D-s de Israel, como único D-s, el mundo estará perfeccionado. [3]

Las reiterativas y constantes exhortaciones de los Profetas de Israel, la rica tradición judía así como la historia judía han ofrecido una larga serie de ideas y experiencias sobre la responsabilidad social, la ética y la justicia. También los análisis jurídicos detallados del Talmud han servido a las generaciones posteriores de Am Israel como jurisprudencia sobre la justicia y la ética durante siglos y siglos, lo que ha formado un corpus doctrinal ético y legal único en la humanidad. El profetismo caracterizará el valor absoluto de la llamada divina a un comportamiento ético-social basada en la unicidad de D-s y el de la humanidad, como sujeto del amor del Eterno a sus criaturas.

El cristianismo y el Islam incorporarán deformadamente en su corpus ideológico el concepto de Tikún Olam pero siempre alejados, en diversos grados, de la Torá según la época. Las ansías del cristianismo y del Islam de convertir a la humanidad a su religión pretendidamente en aras de mejorarla y redimirla, las ha llevado al proselitismo forzoso, violento y sanguinario, como hemos visto durante siglos en el cristianismo, y que todavía persiste en el Islam.

En el seno de Am Israel ha habido sectores que han abandonado la Torá y han constituido elementos importantes en la génesis de diversos movimientos sociales revolucionarios (socialismo, comunismo, entre otros) con el sincero y verdadero fin de mejorar el mundo. Reminiscencias del Tikún Olam, pero que al faltarles la Torá, han devenido una deformada, terrible y pervertida caricatura del mensaje profético, como lo ha sido el cristianismo y el comunismo.

El paganismo romano no veía necesario justificar sus atropellos con discursos pseudo éticos, tampoco lo han “necesitado” los imperialistas nipones ante sus crímenes perpetrados en China y Corea en la Segunda Guerra Mundial. Asesinaban, y no veían necesario justificarse, como el león depreda un cordero, sin el menor atisbo de misericordia, arrepentimiento o conmiseración.

El cerdo, simbólicamente hablando, muestra sus patas con pezuña hendida para aparentar que es kasher. Edom y los hijos de Esav, son como el cerdo moralmente hablando, ya que elaborarán discursos pretendidamente morales y éticos para aparentar que realizan el Tikún Olam. Son los clásicos discursos de “amor al alma del judío” que el torturador inquisidor decía a la víctima judía: “quemamos tu cuerpo para salvar tu alma”. El mismo “amor” servía para convertir a los infieles que esclavizaba, maltrataba y colonizaba.

Alejado totalmente de la Torá, el nacional socialismo alemán en sus conquistas, masacres y genocidio, justificaba sus perversas acciones como una pretendida reparación y mejoramiento del mundo en el que “se asesinaba al judío para salvar al mundo de los sub-hombres corruptores de la humanidad”. Discurso que se ofrecía a las masas alemanas-austríacas de substrato ideológico cristiano, pero totalmente ausente de Torá y de su ética.

El concepto del Tikún Olam nace en el seno del judaísmo, y sin Torá no es posible reparar el mundo como lo ha demostrado la historia. ¡Por ahora no está muy reparado que digamos! El judaísmo aspira a crear sociedades justas, la protección del medio ambiente, la salud pública, el bienestar económico, cultural y espiritual. Lo que incumbe a todo ser humano. Hoy en día personas no judías también participan de la misma idea de “reparar” el mundo, de mejorarlo, pero todo este interés emana del mensaje profético. Y nosotros como judíos tenemos obligaciones morales ineludibles como la de participar en la vida ética más amplia de la humanidad.

Los judíos tenemos como misión ser la luz entre las naciones y cada uno de nosotros tenemos que asumir nuestras responsabilidades. El estado judío, Israel, es un faro en la oscuridad de la humanidad, y nuestra labor es incrementar el brillo de la luz de Medinat Israel a través del cumplimiento de las mitzvot, del reforzamiento de la identidad judía, estar sanamente orgullosos –no chauvinistas- del universalismo ético del judaísmo, la identidad de grupo transversal y atemporal de Am Israel, y de la estrecha relación de la espiritualidad de la Torá con el avance científico e intelectual del aporte que los judíos, el judaísmo, Am Israel y Medinat Israel han hecho y hace a la humanidad a pesar de nuestros defectos y errores.

A nosotros, los yehudim, nos corresponde alabar al Eterno y atribuir grandeza al Creador del Universo y prosternarnos únicamente delante del Soberano del Universo, para que pronto todas las naciones de la tierra invoquen el Nombre del Eterno y le reconozcan como Soberano para que Él reine por siempre jamás.

NOTAS
[1] http://www.sarasuati.com/concepciones-del-tiempo-del-pasado-y-del-poder-en-el-antiguo-egipto-1%C2%AA-parte/
http://www.sarasuati.com/concepciones-del-tiempo-del-pasado-y-del-poder-en-el-antiguo-egipto-2%C2%AA-parte/
[2] Gittin 4:02 Pesahim 88b
[3] http://www.hakirah.org/vol%2011%20first.pdf
http://www.jewishideas.org/articles/tikkun-olams-practical-meaning-and-potential-signif
http://www.myjewishlearning.com/practices/Ethics/Caring_For_Others/Tikkun_Olam_Repairing_the_World_.shtml
http://www.innerfrontier.org/Practices/TikkunOlam.htm

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